Efímeros encuentros
dejan en mí la huella
de un hierro ardiendo.
Perdición en bocas
que me han susurrado al oído
lo que siempre
he querido escuchar
sin tener ni una ínfima
parte de verdad.
¿Y si es mi soledad la que grita?
Aquella que clama al cielo
unas manos que me sepan tocar,
una boca de la que beber
hasta morir,
unos ojos que me miren
cuando los míos se cierran,
una voz que me mantenga
soñando una vigilia eterna,
la ebriedad entre unos brazos.
Un capitán de tropas
que conquiste
-arrebatándote el territorio-
cada rincón de mi geografía.
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